Ya vamos camino de los seis años desde el estreno en cines de “Avatar” (James Cameron, 2009), película con la que muchos pretendieron marcar un antes y un después en el transcurso de la historia del cine. Este colorista y vulgar cuento de Pocahontas, además de ser un grandísimo éxito de taquilla – en la actualidad es la cinta con mayor recaudación mundial con 2.780 millones de dólares- reintrodujo en el mundillo audiovisual el concepto de las tres dimensiones (3D) y lo vendió como si se tratase de la mayor revolución del séptimo arte cuando, en realidad, el asunto en cuestión resulta ser tan viejo como el cine mismo.

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La vacuidad del cine en 3D

No, no ha habido revolución y las reglas por las que se rige el cine siguen siendo las mismas que llevan presentes desde la aparición del sonido, el único y verdadero punto de inflexión – junto con el montaje- que ha tenido este movimiento artístico. Lo único que hay detrás del 3D es el negocio. El negocio de una industria cuya principal pretensión – aún por delante de las propias películas- es la de acumular el mayor dinero posible a través de todos los medios a su alcance. Y resulta, que la pantomima de las tres dimensiones ha resultado ser una magnífica jugada con la que Hollywood ha logrado engordar las recaudaciones de sus principales blockbusters.

No es de extrañar el éxito de este modelo de cine en una sociedad occidental donde la gente hace colas de días frente a una tienda con tal de estar a la última. Bajo promesas de nuevas experiencias y mayor realismo, el 3D se presentó en sociedad como el máximo exponente de la actualidad tecnológica cinematográfica y el populacho respondió en consecuencia. Todos los grandes estrenos se empezaron a presentar bajo la etiqueta del 3D e incluso antiguas películas como “Titanic” (1997) o “El Rey León” (1994) fueron readaptadas a estos tiempos modernos.

Un lustro después, parece que la fiebre está llegando a su fin. El público ha comprendido que la “gran revolución” no ha sido tal y que la experiencia que una persona pueda tener ante una película en 3D es idéntica a la que puede vivir ante cualquier película en formato tradicional, solo que unos euros más caro. Salvo en la visualmente espectacular “Gravity” (Alfonso Cuarón, 2013), el 3D no ha aportado absolutamente nada a la imagen y se ha limitado en la mayoría de casos a introducir insignificantes juegos de profundidad.

Y es que lo verdaderamente importante del cine son las historias. Independientemente del color, del sonido o de cualquier efectismo, el único elemento básico de una película es la historia. Es su alma. Los grandes clásicos – las obras maestras- son lo que son precisamente por sus magníficos relatos y por las emociones que estos son capaces de transmitir: alegría, tristeza, amor, odio, inquietud, plenitud… El resto es baladí.

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Héctor Pintado (827 Posts)

Redactor en la sección de cine de Imovilizate. Puedes contactarme en Twitter buscándome como @hthorpintado