La cineasta grancanaria Antonia San Juan presenta en Canarias su nuevo espectáculo teatral, Mi lucha, con un repertorio de quince personajes, todos interpretados por la actriz, que dejan entrever su posición ante diversos aspectos de la sociedad. Siempre crítica y mordaz, la puesta en escena reúne textos escritos por el escritor y guionista canario Félix Sabroso, el periodista y guionista Enrique Gallego y de la propia San Juan, cuyo pensamiento se deja traslucir fácilmente entre líneas.

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A través de situaciones cotidianas donde el espectador puede involucrarse de manera inmediata, la actriz revela realidades en torno al ser humano y su incoherencia, abriendo así las consciencias de los espectadores e indagando para ellos en una alternativa moral. Antonia San Juan no es una simple actriz que pretende demostrar su versatilidad interpretativa, que la tiene. Tampoco se limita a ser una dramaturga que busca entretener al público con una afable función, aunque lo hace. Por encima de todo eso, Antonia se convierte en un espejo de la conducta de quienes, en ese instante, sentados en sus butacas, permanecen atentos a sus recitales.

Una actriz polifacética, capaz de cambiar de registro en unos segundos y provocar la más ingenua bipolaridad en sus espectadores, que pasan de la risa al llanto en un pestañeo. Víctimas de una toma de consciencia, se retuercen en sus asientos intimidados al saberse partícipes alguna vez de la envidia, del abuso directo e indirecto al prójimo, o de la ambición sin precedentes. Algunas saben que han vivido la soledad de la que habla esa mujer vestida de criada y que no es más que una mujer casada, sin más caracterización que eso. Como también saben que la cobardía abunda en cada uno de ellos, en pequeños vestigios de arrogancia, intolerancia, sexismo y, sobre todo, de hipocresía. Antonia sabe todo esto, de modo que irrumpe en escena para advertir que ella “no actúa para” todas aquellas personas que han sido herramienta de estos procederes, invitándolos así a abandonar la sala. A pesar de ello, ninguno de los presentes se levanta. Tan solo un hombre de camisa colorada levanta la mano para reconocerse aludido por lo que habla la actriz, quien se dirigirá a él durante la función como “el Honesto de rojo”. Los demás escuchan con atención, esperando la siguiente lección de una mujer que jamás ha levantado los pies del suelo pese al reconocimiento y la fama que se le ha otorgado.

En “un país donde se ha hecho un canto a la ignorancia”, como ella misma afirma, Antonia se convierte en la vocal del raciocinio a través de la ironía más descabellada. Establece así un retrato del ciudadano español mediante situaciones surrealistas y diálogos propios del género de lo absurdo, y que, sin embargo, no suponen una exageración en absoluto.

Antonia “no actúa para” los que maltratan a los animales, para los jóvenes que hablan de libertad pero esclavizan a sus padres, para los machistas, para los que pegan a las mujeres, para las que se dejan pegar, para las mantenidas, para los que presumen de no haberse leído un libro ni para los que venden sus miserias en público,… y tras una larga lista de personas no dignas de su espectáculo, argumenta, en definitiva, que “no actúa para las personas que no respetan a los demás”. Este es el lema de Mi lucha.

Por esta razón, en primera instancia, aparece ante nuestros ojos nada menos que la Agrado, personaje de culto de la película Todo sobre mi madre (Almodóvar), para hacernos reflexionar sobre lo que verdaderamente significa ser una persona auténtica. El público goza cara a cara, en vivo y en directo, de uno de los personajes más ricos de la historia del cine español, lo cual servirá para abrir una obra que gira en torno a su mismo mensaje: la autenticidad no implica barrer el derecho de los demás a la vida. Ser auténtico no es ser superior.

Un personaje por cada pecado capital

A partir de entonces, se suceden diversos personajes pertenecientes al imaginario de Antonia San Juan, que vendrán a realizar un recordatorio de cada uno de los lastres de la sociedad. El nacionalismo, con una patriota que a través de una pieza musical exalta lo que para ella son “suspiros de España”: los toros, el pasodoble y el vino, que solo le sabe bien si es español. La intolerancia de un chef exclusivista, con una larga lista de platos experimentales y vanguardistas de nombres impronunciables. La indignidad de los que se dicen llamar periodistas y que no son más que arrastrados vendedores de su cuerpo y alma. El control y cercamiento de las que se hacen dueñas de un hogar y castran a sus hijos sobreprotegiéndolos sin permitirles volar, así como también consienten el Complejo de Electra de sus maridos, a quienes adoran como perfectas criadas; y cuyo sinsentido es plasmado con una brillante metáfora: la mujer que inunda su casa de pájaros enjaulados, jaulas y más jaulas en las que encierra su Síndrome de Estocolmo. Cabe destacar, además, una de las bellas imágenes que crea la autora cuando se refiere a la dentadura postiza que su marido abandona antes de dormir y deja en “un sonriente vaso de agua”. Y es que la capacidad poética de Antonia queda al desnudo a lo largo del espectáculo, recitando después de algunas de las intervenciones unas estrofas que sobrecogerán hasta al más impasible de los allí presentes. Es el caso de esta mujer, aferrada a una vida de maltrato, que desvelando su lado más frágil y herido, declama unos versos sobre las lamentables consecuencias del amor:

“El amor desbarata, […] te destroza, te rompe, te parte, te quiebra y te hace sentir que tú no quisieras, y te empuja a ser mala […] y te arroja de bruces al último infierno, arrancándote el alma, pisándote el cuerpo… y te ahoga de ansia, de volver a la nada.”


También es el caso de la esposa hastiada, que después de arrancar la carcajada del público con su maquiavélica presentación, es poseída por la verdadera Antonia entonando un poema musicalizado, que se convierte en un canto al feminismo:

“Esa, esa sigo siendo yo. Aquella que te levantó del suelo, […] que te quiso sin medida y en su amor dejó la vida: esa… esa sigo siendo yo. […] Aquella, la que arrancaste como un perro de tu vida; y por tu culpa, por tu gran culpa, por el mundo va perdida… y por quien todos te respetan todavía. Esa… esa sigo siendo yo.”


En la misma línea de reivindicación se encuentra la historia de una prostituta, cuyas hazañas envuelven el escenario en un revuelo de carcajadas para después crear el más amargo silencio entre los asistentes, conmovidos por la dura realidad de esta profesión relatada por una voz exhausta y destruida. Después, las risas se extienden una vez más por el teatro con la entrada de una joven psicótica que narra mediante descabelladas anécdotas los límites de su relación con su hermana Claudia. El público no puede creer lo que oye, la confesión más enfermiza que quizá hayan presenciado está plagada de humor sádico y doble sentido. También aparece en escena la “hermana gemela” de la propia San Juan, a quien utiliza para ironizar las críticas que continuamente tolera la actriz. Habla también Antonia de la idiotización colectiva, del sedentarismo y la vacuidad de seres cuya existencia gira en torno a la vida ajena. Encarnando a una holgazana mujer que convive más con los colaboradores de Sálvame que con sus propios hijos, la actriz es capaz de revelar con sarcasmo las trivialidades más populares de la actualidad y hacer de todo ello una crítica, incluyendo su polémico paso por la Gala de la Reina del Carnaval de Las Palmas de Gran Canaria.

Quizá el texto más llamativo es el que Antonia pone en boca de una top-model totalmente acabada en el ámbito profesional y cuya imagen pública pretende exaltar haciéndose partícipe de una causa solidaria. Ciertamente son muchas las estrellas que se aprovechan de este valeroso recurso para ganarse el respeto de la ingenua ciudadanía, y la actriz se vale de un audaz sarcasmo para desmitificar a estos sujetos:

“¿Cómo puedo hacer yo para pensar en los demás? Yo quiero, pero no es fácil. […] que si quiero ayudar tiene que ser desde el anonimato: ni muerta, yo si quiero ayudar es para que la gente sepa que ayudo […], desde el anonimato, ¡pues vaya gracia que tiene la historia!”


Y otras tantas, muchas, perlas que cada uno de sus personajes desvela en este espectáculo teatral que está siendo un éxito por cada una de sus representaciones. Los que aún tienen la desventaja de no haberlo disfrutado, tienen la oportunidad el próximo 2 de abril en el Teatro Centro Cultural Guaires, el 9 de abril en el Centro Cultural Maspalomas, el 23 de abril en Auditorio Teror, el 27 de abril en el Teatro Leal y el 21 de mayo en el Teatro Municipal Juan Ramón Jiménez.

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Fotografía tomada del vídeo promocional de ‘Mi lucha’

Ella se dirige directamente al técnico –su amigo Tinguaro– para que la enfoque. Ella habla con el público, lo mira e incluso lo escucha. Ella es sincera, transparente, auténtica. Y no hablamos de la Agrado, hablamos de Antonia, una dramaturga que siempre regresa a su tierra para recordarnos que lamentablemente el ser humano no conoce límites, y que a menudo somos arrastrados por la hipocresía y el ansia de crecer pisando a otros. Una mujer que utiliza sus armas de popularidad para hacernos una revisión de consciencia e incentivar así el cambio que nos hace falta. Un ser que observa todo a su alrededor y toma nota de las carencias y defectos, para denunciarlo. Antonia, poeta de nuestras consciencias, nos sumerge en el remordimiento más duro y nos marca, logrando hacer de Mi lucha –su lucha– nuestra lucha.

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Lorena Alemán (35 Posts)

Guionista de pequeñas cosas, escritora de historias a medio y pintora de miedos. Twitter: @AleLorelay